Actividades
NÁUFRAGOS
ensayos sobre el fracaso

Institución Cultural El Brocense
Cáceres

Del 14 de enero al 11 de febrero de 2010
· Dossier Náufragos en PDF - 708 Kb (Para descargar pinchar aquí)

· Lugar:
SALA EL BROCENSE. C/ San Antón 19.
· Fechas:
del 14 de enero al 11 de febrero de 2010.
· Horario: de martes a sábado: de 11'00 a 14'00 y de 18'00 a 21'00 horas.

Como una rutina: Alfonso Doncel me llama para comentarme su último proyecto y me facilita los contenidos: un libro, textos, dossiers, fotos, videos, etc. En su estudio de Badajoz veo los cuadros. Se trata de Náufragos, un ensayo (me dice). Una -que ya lo conoce y por tanto está atenta a su capacidad de persuasión- se propone un acercamiento cauteloso, observando la conveniencia de poner sus palabras en segundo plano, para evitar distracciones. Me advierto: lo importante serán los hechos.

Ya en mi casa, tras una larga charla, extiendo todo sobre la mesa, intentando poner orden en el caos mientras recuerdo sus palabras de hace años, que repite cuidadosamente escondidas en varias de sus obras: lo que parece no es lo que es. Porque en esta ocasión me temo que la pretensión es rizar el rizo, lanzar la piedra y esconder la mano, conversar a base de preguntas para -en última instancia- ocultar (a ojos inexpertos) el meollo de la cuestión, colocándolo en un plano alejado. Me repito: no debo olvidar que el suyo es el terreno de la estética, que la obra la han realizado creativos literarios y del mundo de las artes plásticas.

La primera sorpresa es que el grupo de autores de Náufragos, ensayos sobre el fracaso declara que la obra es un ensayo, pero a mí su formato final se me antoja poético: un bello canto. Sólo algunos ponentes abordan directamente su pretensión inicial (pactada, al parecer) mientras que -al menos a mis ojos- la obra final ha resultado solucionada como un ejercicio de estética, de delicada belleza, de cuidada armonía, generando un precioso juego de interconexión entre piezas frágiles en las que su aparente independencia no hace sino mostrar unicidad, con una clara intencionalidad que desborda -a todas luces- el formato ensayístico, que nos traslada hacia el terreno formal de los sentimientos íntimos, de los miedos, de nuestros sueños y anhelos, de nuestra existencia inconfesable y nuestras limitaciones, de la identidad.

Alfonso me anticipa que el hilo conductor se encuentra en el libro-catálogo, pero a mí no me parece así. Lo que me facilita el surfeo (término casual) por la obra es una predominante posición estética, tan contundente que impregna desde la desidia que en apariencia muestra Antonio Sáez en Vanitas (una pieza deliciosa, de lo mejor que le conozco) hasta la cuidadosa selección que ha realizado Pedro J Gómez de entre (al parecer) cientos de fotos, que utiliza para trasladarnos por lo que aparentemente es un drama, cuando lo que nos muestra es una aproximación a la sensualidad, al equilibrio vital. Para entender la pieza de Javier Cano hay que leerla dos veces: la primera para asumir su intenso contenido (un contundente discurso que más de un sociólogo o politólogo debería incorporar); la segunda para disfrutar de un ritmo narrativo casi matemático, en el que cada palabra o idea parece preparar y anunciar la siguiente. Alfonso –no puede evitarlo- narra en dos tiempos (o planos) lo que parece una sencilla historia de recuerdos, cuando lo que se percibe es una clara declaración de intenciones sobre el concepto de la identidad.

Y resulta que todo esto es una historia hilada en torno a una idea sólo sugerida, cual es que el capitán de un barco naufragado (en ningún momento se llega a aclarar el porqué de esta situación, aunque fugazmente se nos muestra un personaje que parece responder a ese rol) ha de tener recuerdos, nostalgia, de su nao perdida, y la visita furtivamente desde el acantilado cercano. Porque Náufragos se enseña como la aproximación al casco ruinoso (la belleza de la destrucción, del décollage) de un barco que descansa pesadamente en un playa del suroeste de Portugal. Nos lo cuentan (y enseñan) en español y portugués, y al final en inglés. Frío cálculo. A estas alturas ya nada me parece casual. Ya no caigo en las trampas que nos tienden Alfonso y este grupo de impostores. Una visita pausada permite descubrir que el barco no es más que una excusa, un trampantojo, cargada de metáforas; que el capitán existe, porque está presente en todos y cada uno de nosotros y además, que las palabras usadas e ideas filtradas en la obra (medidas una a una, con precisión de relojero) resuenan cada día en todas y cada una de las cabezas de los que deambulamos por este mundo.

Releo el prólogo de Enrique García Fuentes y telefoneo a Alfonso. Me confirma mis sospechas: el prologuista es cómplice. Resulta que Enrique, lejos de realizar una introducción aclaratoria de la intencionalidad de este complejo operístico, participa descaradamente en su encriptado: a él me refiero cuando hablo de lanzar piedras y esconder la mano. Conoce a fondo la obra y a sus autores; decide dejarla tal y como está, bajando el tono de la luz. La mejor introducción que podría realizarse a esta excursión paisajística, me refiero al paisaje vital de los más íntimos sentimientos.

Porque surgen nuevas sorpresas. En un DVD servido al final del catálogo, que contiene tres clips con banda musical, se encuentran algunas de las claves de este meollo. De súbito aparecen dos autores, Daniel Almoril y Arni Giraldo; Pedro Gómez firma la tercera pieza. Daniel narra –andante ma non troppo, a un ritmo visual ciertamente cadencioso- un episodio incorporado al cuerpo de la obra: la interpretación de un tema clave del minimalismo, de Philip Glass, titulado Façades, tomado en una sola sesión de filmación. De nuevo ausencia de guión, pero el autor sitúa perfectamente al lector en el lugar adecuado, para acceder a un segundo clip, en la que Arni Giraldo relata un ciclo, de tiempo, de vida, de luz y de agua; sobrecoge la sugerente imagen de un reloj, que aparece encabezando el catálogo. Cierra el soporte una serie de secuencias de fotografías de Pedro J, inteligentemente ensambladas; una estética sensual, líquida, brumosa. Una provocación.

Sólo se me ocurren preguntas. Qué forma es ésta de hacer las cosas. ¿Un señuelo? Si es así, la obra consigue su objetivo. Una excusa para trabajar juntos, dice Alfonso. ¿Cuántas personas han participado? Me dice que más de 30, y mi pregunta es qué les mueve. Conociendo propuestas anteriores, se me antoja que es otro capítulo de una secuencia meditada. Porque lo que denominan espacios de reflexión (me explica: acotaciones espacio-temporales) empieza a tener cierto sentido conjuntual, en este complejo universo que describe Javier Cano. Tiene el sentido al que aluden quienes sienten la necesidad de decir, de expresar, de intervenir, pero no a gritos, sino a susurros, porque nunca esperan respuesta.

Vuelvo una última vez al estudio con dos intenciones: tocar los cuadros y preguntar por la participación de un autor para mí desconocido, Antonio Martins, un historiador portugués. Resulta que Antonio tiene en su retina las respuestas más evidentes, o mejor dicho, la respuesta a una de las preguntas evidentes, cual es el motivo del naufragio. Pero Alfonso me conduce sibilinamente hacia el equívoco: lo determinante es el estado actual, el resultado, el minuto después. Pues no, le digo; el camino (las razones, las cicatrices) nos marcan, porque, además, vivimos de nuestros recuerdos. Me responde, sin proponérselo, cuando le pido que me explique cómo llegar hasta el barco y la playa de Nossa Senhora: cuando vayas, el barco puede que no esté, o que se haya deteriorado tanto que ya no lo reconozcas. Ese será tu presente, entonces. A él habrás de enfrentarte.

Náufragos, ensayos sobre el fracaso, es un bello canto a la secuencia de eventos que, a la postre, configura nuestra identidad. La de todos y cada uno. Un poema narrado, filmado, fotografiado, pintado. Me acerco a los cuadros de Alfonso, cuyo aspecto impone, puede que respeto, al menos perplejidad. Esta vez araña, marca, pega, no pinta. Me trasladan al Atlántico, a mis pasiones, a mis ruinas, a las que todas tenemos ocultas y que a veces nos provocan lágrimas secas. La vida a flor de piel.
P. Suárez
Julio 2009


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